ATRIBUIDO............4
Como el tercer gran motivo formal que domina la estructura del mundo mitológico encontramos junto al espacio y al tiempo el motivo del número. Y también aquí, si se quiere entender la función mitológica del número en cuanto tal, hay que distinguirla de su significación y funcionamiento teoréticos. En el sistema del conocimiento teorético, el número significa el gran lazo de unión que puede aglutinar los contenidos más heterogéneos para reducirlos a la unidad del concepto. En virtud de esta reducción de toda multiplicidad y diversidad a la unidad del saber, el número aparece aquí como expresión de la meta teórica principal y básica del conocimiento, como expresión de la "verdad" a secas. Este carácter fundamental se le ha atribuido desde la primera definición filosófico-científica que de él se dio. "La naturaleza del número —dicen los fragmentos de Filolao— es la de suministrar conocimiento, guiar y enseñar a cualquiera lo que es dudoso o desconocido. Pues ninguna de las cosas sería clara para ninguno, ni en sí mismas ni en sus relaciones con otras cosas, si el número no existiera y no fuera su esencia. Pero el número armoniza todas las cosas con la percepción sensible dentro del alma, haciéndolas así reconocibles y correspondientes entre sí al dotarlas de corporeidad y dividir las relaciones de las cosas en dos grupos, según sean limitadas o ilimitadas." En este enlace y separación, en esta fijación de límites y relaciones precisos, reside el poder propiamente lógico del número. Lo sensible mismo, la "materia" de la percepción es despojada por el número más y más de su naturaleza específica y refundida en una fundamental forma intelectual y universal. La composición sensible inmediata de la impresión, su visibilidad, audibilidad, tangibilidad, etc., medida con el patrón de la "verdadera" naturaleza de lo real, aparece sólo como una "cualidad secundaria" cuya auténtica fuente, cuyo fundamento primario en última instancia, hay que buscarlo en puras determinaciones cuantitativas, esto es, en puras relaciones numéricas. El desarrollo del moderno conocimiento teórico de la naturaleza ha logrado este ideal del saber, en tanto que reducen la naturaleza del número puro no sólo la composición específica de la percepción sensible, sino inclusive la naturaleza específica de las formas puras de la intuición, la naturaleza del espacio y del tiempo. Y así como el número sirve aquí como el auténtico instrumento intelectivo para crear la "homogeneidad" de los contenidos de la conciencia, va evolucionando en sí mismo hacia algo absolutamente homogéneo y uniforme. Los números individuales no presentan entre sí ninguna diferencia, como no sean las diferencias que surgen de su posición en el sistema total. No tienen ningún otro ser, ninguna otra composición o naturaleza que la que les corresponde en virtud de esta posición, de estas relaciones en que se hallan dentro de la totalidad ideal. Por consiguiente, aquí también es posible "definir", es decir, crear constructivamente determinados números que, sin que les corresponda ningún sustrato sensible o intuitivo señalable, están caracterizados unívocamente por estas relaciones. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con la conocida explicación de los números irracionales, que desde Dedekind ha venido predominando, en la cual los números irracionales aparecen como "cortaduras" en el sistema de los números racionales (es decir, como una completa división de este sistema en dos clases, realizada a través de una regla conceptual determinada). Básicamente, el pensamiento puro de la matemática sólo puede aprehender en esta forma cualesquiera números "individuales"; para él, los números no son sino la expresión de relaciones conceptuales que apenas en su conjunto representan la estructura hermética y unitaria "del" número y del reino de los números.
Cassirer Formas Simbólicas II II
Examinar en detalle este proceso de deificación y santificación del número, así como descubrir sus motivos intelectuales y religiosos en particular, parece ciertamente un comienzo vano. Pues, a primera vista, aquí parece imperar sólo el libre juego de la fantasía mitológica, la cual se burla de cualquier regla fija. Según parece, ya no puede seguirse preguntando por un principio de selección, por el fundamento al cual los números individuales deben su carácter particular de "santidad", pues cada número puede indistintamente llegar a ser objeto de interpretación y adoración mitológicas. Si recorremos la serie de los números elementales, encontramos a cada paso semejantes hipóstasis mítico-religiosas. Los ejemplos de hipóstasis en el caso del uno, del dos, del tres están a flor de tierra, no sólo en el pensamiento de los primitivos, sino en todas las grandes religiones cultas. El problema de la unidad, que brota de sí misma, se convierte en "otra" segunda entidad y finalmente se viene a reunir consigo misma en una tercera naturaleza, es un problema que pertenece al patrimonio espiritual común de la humanidad. Si bien en la filosofía especulativa de la religión es donde primero recibe esta formulación puramente intelectual, la difusión universal de la idea del "dios trino y uno" indica que esta idea tiene que tener fundamentos emotivos concretos y últimos a los cuales remite y de los cuales continuamente vuelve a brotar de nuevo. Luego de los tres primeros números viene el cuatro, de cuyo significado universal cósmico-religioso dan testimonio ante todo las religiones de Norteamérica. La misma dignidad, todavía más acentuada, corresponde al siete, el cual irradia su luz en todas direcciones desde los más antiguos asientos culturales de la humanidad en Mesopotamia; sin embargo, también lo encontramos como número especialmente "sagrado" en casos en que no es posible encontrar o bien es improbable la influencia de la religión y de la cultura asirio-babilónica. Todavía en la filosofía griega está afectado por este carácter básico mítico-religioso; en un fragmento atribuido a Filolao se le compara con la virgen Atenea, que no tuvo madre, como "guía y Soberana de todas las cosas", como dios, uno, eterno, permanente, inmóvil, idéntico a sí mismo, diferente a todo lo demás. En el Medievo cristiano el siete es concebido como un número de la plenitud y perfección, como el número verdaderamente universal y "absoluto": "septenarius numerus est perfectionis". Pero ya desde tempranas épocas el número nueve compite en este aspecto con el siete; junto a los periodos hebdomadarios, en el mito y en el culto de los griegos, lo mismo que en el círculo de creencias germánicas, aparecen ante todo periodos y semanas eneáticas. Si se toma en cuenta que el mismo carácter básico que pertenece a los números "simples" se extiende también a los números compuestos, esto es, que no sólo al tres, al siete, al nueve o al 12 les corresponden poderes mítico-religiosos, sino también a los productos de ellos, entonces resulta que en última instancia apenas existe alguna determinación numérica que no puede ser metida en esta esfera de intuición y sometida a este proceso de "santificación". Aquí se abre para el impulso creador mitológico un campo de juego ilimitado en donde puede explayarse libremente sin sujetarse a ninguna norma lógica fija y a ninguna observancia de las leyes de la experiencia "objetiva". Mientras que para la ciencia el número se convierte en criterio de la verdad, en condición y preparación de todo conocimiento rigurosamente "racional", aquí imprime el carácter del misterio a todo lo que cae dentro de su esfera, a todo lo que entra en contacto y se mezcla con él; de un misterio hasta cuya profundidad ya no llega la sonda de la razón.
Cassirer Formas Simbólicas II II
Y sin embargo, al igual que en otros campos del pensamiento mítico, también en el impenetrable, en apariencia, caos de la doctrina místico-mítica de los números puede encontrarse y señalarse un perfil espiritual perfectamente definido. También aquí, por ilimitado que sea el poder del impulso meramente "asociativo", se distinguen todavía las vías principales y accesorias de configuración; también aquí se van perfilando gradualmente ciertas directrices típicas que determinan el proceso de santificación del número y, consiguientemente, del mundo. Para llegar al conocimiento de estas directrices nosotros ya tenemos un firme punto de partida si recordamos la evolución del concepto de número en el pensamiento lingüístico. Ahí vimos que cualquier aprehensión y denominación de relaciones numéricas siempre tiene un fundamento intuitivo concreto; vimos también que las esferas principales en que surge la conciencia del número y de su significación resultaron ser la intuición espacial, la temporal y la "personal". Así pues, podemos suponer una articulación semejante en el desarrollo de las doctrinas mitológicas del número. Si rastreamos el origen del valor emotivo que se liga a cada uno de los "números sagrados" y tratamos de descubrir sus verdaderas raíces, siempre resulta que está fundado en el carácter peculiar del sentimiento mítico espacial, del sentimiento mítico temporal y del sentimiento mítico del yo. Por lo que se refiere al espacio, para la concepción mitológica no solamente las distintas zonas y direcciones en cuanto tales están dotadas de acentos valorativos perfectamente determinados, sino que dicho acento recae también sobre la totalidad de estas direcciones, sobre el conjunto en que están unitariamente concebidas. Ahí donde norte y sur, este y oeste son distinguidos como los "puntos cardinales del mundo", esa distinción específica suele convertirse en modelo y prototipo para cualquier otra distinción del mundo y su devenir. Ahora el cuatro se convierte en auténtico "número sagrado", pues expresa justamente esa relación que existe entre cada ser particular y la forma fundamental del universo. Cualquier cosa que de hecho presenta una cuádruple articulación aparece íntimamente ligada a determinadas partes del espacio como por una especie de vínculos mágicos internos, ya sea que dicha articulación se imponga a la observación sensible como "realidad" inmediatamente cierta, o bien que esté condicionada de modo puramente ideal por una modalidad determinada de la "apercepción" mítica. Para el pensamiento del mito, aquí no sólo tiene lugar una transferencia, sino que con evidencia intuitiva ve lo uno en lo otro; en cada cuadruplicidad particular aprehende la forma universal de la cuadruplicidad cósmica. Con esta función encontramos al cuatro no sólo en la mayoría de las religiones norteamericanas, sino incluso en el pensamiento chino. En el sistema chino a cada uno de los cuatro puntos cardinales celestes, oeste, sur, este y norte, corresponde una determinada estación, un determinado color, un determinado elemento, una determinada especie animal, un determinado órgano del cuerpo humano, etc., de tal modo que, a fin de cuentas, toda la multiplicidad de la existencia, en virtud de esta referencia, aparece distribuida de algún modo y, por así decirlo, fijada y establecida en una determinada comarca de la intuición. Entre los cheroquis encontramos el mismo simbolismo del número cuatro; así, a cada uno de los cuatro puntos cardinales del mundo es atribuido un cierto color, una cierta ocupación o también una determinada fortuna, como la victoria o la derrota, la enfermedad o la muerte. Y de acuerdo con su carácter peculiar, el pensamiento mitológico no puede contentarse con aprehender todas estas relaciones y coordinaciones en cuanto tales, considerándolas hasta cierto punto in abstracto, sino que, para asegurarse verdaderamente de ellas, debe concentrarlas en una forma intuitiva y representárselas en esta forma plástica y sensible. Así pues, la adoración del cuatro se expresa a través de la adoración de la cruz, la cual se ha demostrado que es uno de los símbolos religiosos más antiguos. Puede seguirse una dirección básica común del pensamiento religioso que va desde la forma más antigua de la cruz, la de la svástica, hasta la especulación medieval, que inserta en la intuición de la cruz todo el contenido de la teología cristiana. Ocurre una resurrección de ciertos motivos originarios cósmico-religiosos cuando en la Edad Media se identifica a los cuatro extremos de la cruz con los cuatro cuadrantes celestes o zonas del mundo, cuando se asocia al oriente, occidente, norte y sur con determinadas fases de la historia cristiana de la salvación.
Cassirer Formas Simbólicas II II
Justamente ese carácter básico del pensamiento físico teórico lo que hace internamente necesario su apego a ciertos símbolos. Pero, por otra parte, de ese carácter se desprende también el modo como esos mismos símbolos nos permiten ver, a través de sus interpretaciones y superposiciones, la estructura objetiva del mundo físico como una estructura pura de orden. El testimonio más notable de esa relación nos es ofrecida por la estructura de la teoría general de la relatividad. En ella el pensamiento físico ha ascendido paso a paso hacia esferas cada vez más elevadas, pero no ha roto el hilo que lo une a la "realidad" física, sino solamente lo ha atado más fuertemente. En efecto, cada perspectiva que el pensamiento alcanza resulta dependiente del "punto de vista" específico, del horizonte intelectual desde el cual se llegó a ella. Sin embargo, los diversos tipos de perspectiva no se suceden fortuitamente, sino de acuerdo con una legalidad inmanente; no están sólo condicionados en su sucesión por el material empírico que fluye "desde afuera", sino también por la evolución de la forma de pensamiento físico misma. Cada nivel superior de objetivación limita a los anteriores, pero en esa limitación no los aniquila sino más bien los abarca con su propio punto de vista y los alberga en él. El fin que aquí se persigue consiste justamente en "prescindir" más y más de la particularidad del punto de vista, en que todo lo que no corresponde al objeto mismo, sino más bien a la perspectiva desde la cual casualmente se le contempla, vaya siendo poco a poco eliminado. La imagen del mundo de la física anterior no resulta ser absolutamente válida, sino una imagen que fue concebida desde un determinado punto de vista, desde el punto de vista de observadores que se encuentran en reposo. Si introducimos ahora sistemas de referencia que se encuentran en movimiento relativo, entonces todos los "conceptos de propiedades" válidos para la otra imagen del mundo experimentan un desplazamiento, una variación. No sólo las llamadas cualidades sensibles presentan ese tipo de dependencia del estado del sujeto de la percepción, sino también el tamaño, la forma, la masa y el contenido energético de la cosa varían con el estado de movimiento del observador, según los resultados de la teoría especial de la relatividad. Ese proceso de relativización atrae ámbitos cada vez mayores y cada vez se traslada a otra parte el centro del concepto físico de realidad. Para la física antigua el "lugar" de una cosa es todavía una "propiedad" física; de determinados lugares individuales parten determinados efectos que no pertenecen a ningún otro lugar. Así, por ejemplo, el centro de la Tierra, en el cual descansa ésta, irradia fuerzas que atraen a los cuerpos pesados hacia ese punto, su "lugar natural". Copérnico supera esa concepción formulando el "principio relativista del lugar". El principio relativista de la "mecánica clásica" extrae la misma conclusión para las velocidades hasta que, finalmente, la teoría general de la relatividad va más allá, relativizando el movimiento en cuanto tal y mostrando que se puede siempre "transformar a un estado de reposo" cada punto de masa. Una y otra vez vemos que ciertas determinaciones que habíamos atribuido al objeto en cuanto tal como "sus" propiedades, resultan apenas definibles si les agregamos un cierto índice, si decimos en relación con qué sistema de referencia deben ser concebidas como válidas. "Movimiento" y "fuerza", "masa" y "energía", "longitud" y "duración" no son ya nada "en sí", sino sólo significan algo, y en general significan algo distinto para observadores que entre sí se encuentran en movimiento relativo. Con ello parece surgir inevitablemente la pregunta por la posibilidad de eliminar también de la descripción del acaecer natural ese último resto de "azar", de "subjetividad". "¿No existe algún concepto del mundo que esté libre de toda particularidad y que describa al mundo no desde el punto de vista de éste o de aquél, sino "desde el punto de vista de nadie?" Sin embargo, hasta donde esta pregunta es admisible, en todo caso apunta hacia un punto "infinitamente lejano" que no es alcanzable en ningún nivel dado de la ciencia. Ella constituye una auténtica "idea trascendental" en el sentido de Kant, a la cual ninguna experiencia singular puede llegar a corresponder. También a esta idea tendremos que atribuirle un "uso regulativo necesario, sobresaliente e imprescindible", consistente en "encaminar al entendimiento hacia un cierto fin, en función del cual las líneas directrices de todas sus reglas confluyan en un punto, el cual, aunque es sólo una idea (focus imaginarias), esto es, un punto del cual no parten realmente los conceptos del entendimiento por encontrarse por completo fuera de los límites de la experiencia posible, sirve para proporcionarles la máxima unidad junto a la máxima extensión". La física alcanza esa unidad y esa extensión al ir avanzando siempre, de manera indefectible, hacia símbolos más generales.
Cassirer Formas Simbólicas III III